Uno de los mayores éxitos populares del cineasta norteamericano John Ford es la siempre considerada una obra menor en su cinematografía, ‘El sargento negro’. Este alegato en apoyo de la política del entonces presidenciable Kennedy marca el fin de una etapa en una cinematografía donde el héroe es consciente de su propio desarraigo (en este caso, el racismo como barrera en el ejército).
Gaélico de espíritu, estadounidense de corazón, John Ford es el cineasta universal por excelencia: empezó a trabajar en el cine mudo con Thomas Ince y aprendió con D.W. Griffith las normas básicas del cine, para después realizar una prolífica (unas 135 cintas, de las que un centenar eran mudas y la mayoría desaparecidas) y exitosa carrera (seis Oscar).
Clásico entre los clásicos, Ford demostró a lo largo de 50 años una innovación y modernidad nunca vista en Hollywood y logró que cineastas que detestaban la meca del cine (Truffaut y Godard, entre otros) claudicaran ante un trabajo donde su punto de vista acerca de los héroes, fracasados, luchadores…emergen siempre en su películas, sea cual fuere el tema abordado.
No hacía caso de aquello que pudiera distraerlo de todo lo relacionado con el espíritu pionero y conquistador de los primeros norteamericanos (a muchos de los cuales conoció en la época muda de Hollywood) y Ford decidió aunar en su filmografía los dos conceptos que aprendió en sus comienzos: seguir los guiones al pie de la letra –tras un laborioso trabajo con los textos-, al mismo tiempo que dejaba espacio a la improvisación y al genio creativo de quienes le rodeaban.
